Juan el Valiente

El fútbol es un juego psicológico y el Real Madrid, ahora mismo, tiene esa batalla perdida. En las dos vertientes, además: ni confía en sí mismo ni atesora la menor capacidad de intimidación sobre los adversarios a quienes enfrenta. La última prueba, ayer en el Ciutat de Valencia, donde el humilde Levante UD le sacó un empate por el mero hecho de que los blancos transmiten una vulnerabilidad que invita a intentarlo con todo. Y cuando se intenta, hay premio seguro.
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El Madrid arrancó bien y el Levante, muy mal. Zidane expuso su once de gala y disfrutó de las ventajas que ello le reporta. A partir del 4-3-3, dispuso de una posesión adelantada y de un dominio territorial evidente al poder presionar arriba a un rival sin recursos para superar ese primer acoso. En cuanto a claridad para crear ocasiones, se quedaba a medio camino entre su norma -la más absoluta opacidad- y lo deseable, porque si bien gozó de un mecanismo bastante interesante en banda izquierda con Benzema -notable- cayendo a aliarse con Marcelo, la profundidad interior no se producía y el lado débil no sacó ningún rédito más allá de las embestidas de un gran Modric. Pero en resumidas cuentas, se trató de un buen Madrid. Pese a no brillar, pareció uno de esos buenos equipos cuyo resultado más lógico siempre es ganar. ¿El problema? Que está inmerso en su posible peor temporada en varias décadas, y que esto no es un titular periodístico sino una realidad factible. La inercia negativa consta en cada lance de cada choque y el Levante, tras 45 minutos 100% inocentes, empató justo antes del descanso.
El gol de Boateng significó dos cosas. La primera, el enésimo aviso de que, en la presente campaña, para el Real Madrid no habrá nada fácil. Ni siquiera vencer, tras uno de sus primeros tiempos más aseados, a un equipo que no está funcionando. La coyuntura tenía la parte buena de poner al Madrid en situación de demostrarse capaz de superar un golpe inesperado en contra, pero careció de la energía emocional para afrontarlo de ese modo y su juego se derrumbó. Cosa que aprovechó el Levante UD para subírsele a las barbas, poniendo así de manifiesto la falta de ritmo de Sergio Ramos y el viaje al limbo de Casemiro, que no está pudiendo conectar su chip. El poderoso mediocentro brasileño destacó por su omnipresencia incluso en sus instantes menos inspirados; hasta cuando jugaba mal, se le veía en todas partes, pero ahora mismo, extrañamente, parece invisible. Por no hacer, ni faltas hace. No está.
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Luego llegó el carrusel de cambios y ahí fue cuando Muñiz marcó la diferencia: el creativo Jason por el esforzado Boateng, el delantero Roger por el box-to-box Lerma y el goleador Pazzini por el rápido Ivi. O sea, tres sustituciones de carácter ofensivo que rompieron el partido favoreciendo un ida y vuelta en el que el extremo José Luis Morales se erigió como el futbolista más peligroso sobre el verde. La contestación de Zidane fue la avisada, la misma de siempre, la que hubiera tenido lugar fuera cual fuese el reto planteado por su homónimo: Isco por un delantero. El malagueño, que es un fenómeno de los que se notan también cuando vienen mal dadas, supuso algunas mejoras (el Madrid recuperó parte del dominio territorial y la iniciativa que le habían sido arrebatados), pero sin los tres puntas, y sin extremos, las posibilidades de crear ocasiones claras se redujeron y la defensa levantina se hizo más fuerte. Es verdad, y hasta cierto punto está comprobado, que el actual es el proyecto de la BBC y que esta deja a Isco sin cabida en el once, no son del todo compatibles, pero ello no quita que siga siendo uno de los mejores futbolistas de la plantilla del Madrid, y que bajo ninguna circunstancia Zidane intente aprovecharse de su iniciativa mezclada con los pluses de la BBC y el 4-3-3 resulta un poco sorprendente.

Aumbameyang y El Arsenal

Pierre Emerick Aubameyang ya ha jugado su primer partido con la camiseta del Arsenal. Lo hizo ante el Everton y junto a Mesut Özil, Henrikh Mkhitaryan, Aaron Ramsey y Alex Iwobi. Ganaron 5-1 y todos mostraron un potencial muy interesante para el presente y futuro de los gunners. Arsene Wenger ha reconstruido sus últimos metros en este mercado invernal con jugadores contrastados que juegan de una forma muy determinada, invirtiendo en movilidad, velocidad y gol. La primera toma de contacto del gabonés junto a sus compañeros invita al optimismo. Alexis y Giroud por Mkhitaryan y Aubameyang no es lo mismo. Y es que en términos estilísticos, el Emirates va a correr mucho más.
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No se descubre nada al relacionar a Aubameyang con su mayor virtud, la velocidad al espacio y al contragolpe; seguramente, junto a Kylian Mbappé, el delantero más veloz del continente en recorrer medias y largas distancias. El Arsenal, habituado a atacar con muchos hombres en campo contrario, gana con su nuevo delantero un motor que ni Lacazette ni el ya blue Olivier Giroud podían ofrecer. Y además, dicha característica no resultará aislada ni desconectada. Aubameyang viene para que pueda correr cuanto más mejor. En el intercambio de golpes o en el ritmo alto, el exdelantero del Borussia Dortmund va a estar habilitado por jugadores que hablan su mismo idioma. Para que pueda correr, el gabonés va a recibir muchos testigos.
Y no porque corran a la misma velocidad sino porque la pelota puede rodar igual de rápido al ser manejada por la combinación de Iwobi en izquierda, Mkhitaryan en la mediapunta y Mesut Özil en derecha. Desde que se conoció el traspaso que llevó al armenio a Londres, la banda parecía un lugar algo controvertida para él, un espacio en el que no encuentra acomodo a sus mejores virtudes. Como añadido, Özil ha demostrado durante toda su carrera su especial feeling con el costado derecho, aglutinando volumen de juego y amenaza constante con su zurda y su último pase. Cuando Özil recibe e inicia la jugada con la pelota en ese lado, uno se imagina todos los movimientos que pueden originarse.
La diagonal de Mkhitaryan para ceder la mediapunta al alemán, el posterior desmarque del gabonés a la espalda o el apoyo horizontal de Iwobi para combinar. Las posibilidades son numerosas y muy complementarias, garantizando tener el campo bien ocupado para que el jugador más creativo disponga de las marcas justas sobre su recepción. La consecuencia de la movilidad y velocidad de los atacantes tendrá su réplica en dos hombres que pueden subirse al carro con especial brillo.
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Uno es Hector Bellerin, que puede beneficiarse sobremanera del arrastre de Mesut, la diagonal dentro-fuera de Mkhitaryan y la velocidad del juego derivada. En línea de cuatro, Bellerin va a poder incorporarse a un espacio en lugar de ser únicamente un elemento de amplitud. El segundo jugador que más puede verse beneficiado es Aaron Ramsey jugando como acompañante de Granit Xhaka, el mediocentro. No parece casualidad que sus tres goles ante el Everton se produzcan a través de jugadas en las que la profundidad generada por el cuarteto ofensivo permite la llegada de un goleador tan prolífico y certero como el galés.

La Quinta Final

El FC Barcelona alcanzó su quinta Final de Copa del Rey consecutiva en una nueva y diferente demostración de su gran estado de forma. La última eliminatoria le ha medido a un Valencia que no viene cosechando buenos resultados pero que ha cuajado dos partidos de calidad notable contra los azulgranas, aunque no le haya alcanzado para competir por la clasificación. Ni renunciando a su ataque para defender mejor, como en el Camp Nou, ni reduciendo su defensa para atacar más, como anoche en Mestalla.
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La base del planteamiento de Marcelino consistió en formar dos bloques bien diferenciados y, en cierto modo, desconectados entre sí, quizá con la intención de partir el juego en la medida de lo posible y gozar así de espacios mayores y más frecuentes. Abajo, el armazón era de siete hombres que se ordenaban en un 4+3; arriba, Vietto y Zaza abiertos y tirando diagonales, con Rodrigo reinando en la zona más ancha. Pese a la rotunda derrota, no cabe otra cosa que señalar que la estrategia fue interesante. Gracias a la energía de Coquelin y Kondogbia, el Valencia logró congestionar la creación culé en el último tercio obstaculizando incluso los pases abiertos hacia las llegadas de sus laterales; mientras que en ataque, lo de dar espacio a Rodrigo para que gestionase las diagonales de Vietto y Zaza desembocó en un peligro latente muy superior al que habían podido crear los chés en el encuentro de ida. No es que fuera un acoso, el Valencia pudo finalizar a cuenta gotas y el pobladísimo sistema defensivo de Valverde -es imposible recordar un Barça que protegiera su área y su frontal con más hombres que este- se mostró consistente; pero había motivos legítimos para soñar un gol.
Tras el descanso se produjeron sustituciones de calado serio. Por parte azulgrana, salió André Gomes y entró Coutinho. El impacto del brasileño se hizo notar aunque quizá no tanto por lo que él hizo en sí, sino porque el aporte de Gomes volvió a ser tan bajo que supuso un alivio para la menos fornida defensa de los chés. No hacía nada sin balón y cuando controlaba la pelota se restaba o toda intensidad o toda precisión a la jugada. Coutinho, con su mentalidad agresiva y la amenaza de su disparo, dio un giro al mapa emocional del partido porque convirtió la zona de descanso del Valencia en un lugar que sí daba miedo.
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Pero, a nivel juego, más significativo incluso resultó el ingreso al campo de Guedes y Carlos Soler. Cabe la posibilidad de que el joven extremo todavía del Paris Saint-Germain haya sido el atacante que más dificultades haya acarreado para el FC Barcelona durante este paseo militar que parece estar recorriendo el conjunto de Valverde. Su velocidad es excesiva y su capacidad para no caer en la precipitación aun llevando el juego al máximo ritmo conocido… marca la diferencia. Guedes es un cabo suelto para cualquier rival que se precie, y con él a pleno rendimiento, la estructura que protegía a Jasper Cillessen sí se desquebrajó en varias ocasiones. En la de mayor peligro, el portero tulipán protagonizó una parada digna de un jugador resolutivo. Él nunca lo ha sido, ni siquiera en el momento de su carrera, pero subidos a una ola de confianza e inspiración como la que ha levantado este Barça, todos sobresalen.

El Sevilla

Muchas veces, el fútbol es tan simple como tener buenos jugadores que tienen ganas de ganar. Así ha sido la historia del Sevilla en este siglo y así se metió ayer en una nueva final de la Copa del Rey, jugando tal y como se comporta su afición cuando acaricia la última noche. El conjunto de Vincenzo Montella no dio opción a un CD Leganés que no pudo hacer valer sus grandes argumentos: detectar debilidades, penalizar errores y superar en continuidad, concentración y adaptación al rival y al contexto. El Sevilla igualó las virtudes de los madrileños para imponer después las suyas propias, que fueron tanto futbolísticas como emocionales. Fue una noche made in Ramón Sánchez Pizjuán.
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Con su ‘XI’ tipo, el conjunto de Nervión ofreció una primera media hora impoluta a nivel técnico y competitivo. Lo sería, en general, toda su noche, pero con especial inspiración individual y colectiva en ese primer tercio; superó las líneas pepineras, las abrió, las estiró, las giró y las castigó con un gol ciertamente rápido. Todo futbolista sevillista irradiaba energía intimidatoria. Toques muy veloces, con movilidad e iniciativa muy difícil de contener por un ‘Lega’ que se vio muy superado por la celeridad en las acciones de los ocho hombres que tienen, en mayor o menor medida, peso ofensivo en el Sevilla de Montella.
Si algo debía destacar a la plantilla del Sevilla es el movimiento, la interpretación del espacio y la energía para activar uno después de haber abandonado el inmediatamente anterior. El finalista está mostrando un nivel de juego muy alto, basado en la constante superioridad numérica cerca del balón, una precisión en la combinación acorde al talento de sus futbolistas y una posterior superioridad rítmica para acelerar hacia el gol que dejó impotente a su rival. Entre Correa, Vázquez, Escudero, Banega y Muriel, la jugada encontraba apoyos en todos los puntos cardinales.
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Así, el Leganés no podía defender dónde quería, tenía que dividir atenciones, corregir desventajas y recuperar con mucha mayor dificultad para construir la transición. En numerosas ocasiones, Banega encontraba a Correa y Vázquez y estos entraban al espacio vacío para entregar la ventaja a Sarabia, Navas o Muriel. Todo, que parecía muy sencillo, y lo es cuando el talento se encuentra cómodo, le ha costado al Sevilla casi seis meses. Ahora, con la idea y los jugadores debidamente seleccionados, son estos los que están desbordando ilusión. Tras el gol, los hispalenses controlaron, entre posición y presión, las intenciones del Leganés.
El partido había creado un contexto que emocionalmente el Sevilla maneja con precisión. Con marcador a favor, el Leganés debía proponer. Con Pires en zona de medios, Garitano buscaba la velocidad de sus hombres más adelantados para, desde el cuerpo a cuerpo, castigar al espacio, pero echaron muy en falta la figura de un mediapunta que encendiera la luz a espaldas de Nzonzi y Banega. Desde lo colectivo, el Sevilla garantizaba tener superioridad ante las acciones de El Zhar, Amrabat y Beauvue. Solo Pires iba encontrando pequeñas situaciones para darle altura a la jugada.